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Si trabajas en ingeniería energética —o simplemente sigues de cerca lo que está pasando en el sector— probablemente ya te hayas hecho esta pregunta alguna vez:

¿Quién va a construir y operar todo lo que se está anunciando?

Porque planes hay muchos. Reactores también. Calendarios, presupuestos y titulares, ni te cuento.
Pero cuando bajas al terreno real del proyecto, al organigrama, a los equipos técnicos… empieza a aparecer una grieta difícil de ignorar.

No faltan reactores.
Faltan ingenieros.

Y no es una opinión. Es un problema estructural que ya está condicionando el futuro de la energía nuclear.

Este artículo no va de ideología ni de debates energéticos. Va de personas, de conocimiento técnico y de una pregunta incómoda que el sector necesita hacerse cuanto antes.

El renacimiento nuclear y una paradoja incómoda

 

La energía nuclear vive una segunda juventud.
La presión por descarbonizar, la electrificación masiva y la necesidad de suministro firme están devolviendo a la nuclear un papel central en muchos países.

Se anuncian nuevos reactores, extensiones de vida útil, programas de desmantelamiento y, sobre todo, un fuerte impulso a tecnologías como los Small Modular Reactors. Sobre el papel, el escenario es prometedor.

Pero aquí aparece la paradoja:
el sistema industrial avanza más rápido que el sistema de formación y de captación de talento.

Se planifican centrales sin tener claros los equipos. Se fijan hitos sin asegurar quién los va a ejecutar. Y en una industria tan intensiva en conocimiento como la nuclear, eso no es un detalle menor.

Si has participado en proyectos complejos, sabes que la tecnología no falla sola. Fallan las interfaces, los equipos incompletos, la falta de experiencia acumulada.

Escasez de talento: cuando los datos ya no admiten discusión

 

En España, las estimaciones del propio sector apuntan a que en los próximos cinco años será necesario incorporar más de 1.400 titulados superiores y más de 700 técnicos especializados.

Y esto ocurre en un país con una oferta formativa nuclear limitada y con una percepción social del sector que no siempre ayuda a atraer vocaciones.

Si miramos fuera, el panorama no mejora.
En Estados Unidos, más del 60 % de los empleadores nucleares reconoce dificultades serias para contratar perfiles cualificados, especialmente en ingeniería, operación y seguridad.

En Europa, países como Francia o Reino Unido hablan ya de decenas de miles de nuevos profesionales necesarios para sostener sus planes nucleares en la próxima década.

La conclusión es clara:
la demanda crece más rápido que la oferta. Y cuando eso pasa de forma sostenida, el problema deja de ser salarial y pasa a ser operativo.

El relevo generacional que no llega como debería

 

A esta escasez se suma un factor que muchos prefieren no mirar de frente: el envejecimiento de las plantillas.

En Reino Unido, aproximadamente el 31 % del personal nuclear supera los 50 años. En otros países, la fotografía es muy parecida. Los profesionales que levantaron el parque nuclear actual están acercándose a la jubilación.

Y aquí conviene parar un segundo.

Porque no estamos hablando solo de números. Estamos hablando de conocimiento tácito, de criterio técnico, de saber cómo responder cuando algo no está en el manual.

Ese conocimiento no se transfiere con una presentación ni con un curso rápido. Si no se planifica bien, se pierde. Y perderlo en nuclear no es una opción cómoda.

Formación académica y realidad industrial: una brecha silenciosa

 

Otro de los grandes nudos del problema está en la desconexión entre formación y realidad industrial.

Muchos planes de estudio siguen enseñando una ingeniería nuclear muy clásica, mientras el sector avanza hacia entornos cada vez más digitales, más automatizados y más integrados.

Hoy, un ingeniero nuclear necesita manejar simulación avanzada, análisis de datos, automatización, ciberseguridad industrial y nuevas arquitecturas de planta. Los SMR, por ejemplo, exigen pensar en modularidad, estandarización y operación flexible.

No todas las universidades están adaptando sus programas a este contexto. Y cuando lo hacen, el ritmo suele ser más lento que el del mercado.

Iniciativas que empiezan a mover el tablero

 

La buena noticia es que el problema está identificado y empiezan a aparecer respuestas.

En Europa, iniciativas como Skills4Nuclear buscan alinear industria y educación, definiendo competencias reales y ajustando itinerarios formativos.
En Estados Unidos, se han lanzado hojas de ruta académicas específicas para reforzar la formación nuclear.
En Reino Unido, los planes nacionales ponen el foco en transferencia de conocimiento, atracción de talento y reconversión profesional.

Aquí hay una idea clave que merece atención:
no todo pasa por formar desde cero.

Facilitar la transición desde sectores como defensa, aeronáutica o industria pesada puede ser una vía rápida y eficaz para reforzar capacidades sin empezar de nuevo.

Un mercado laboral global cada vez más tensionado

 

Cuando el talento escasea, aparece otro fenómeno bien conocido: la competencia global.

Los ingenieros nucleares se han convertido en perfiles altamente móviles. Los proyectos compiten entre sí no solo por financiación o permisos, sino por personas.

Esto se traduce en salarios al alza, paquetes de movilidad y una presión creciente sobre los equipos actuales. A corto plazo, puede parecer atractivo para el profesional. A medio plazo, introduce retrasos, sobrecostes y fragilidad organizativa.

Además, la nuclear no compite sola. Renovables, almacenamiento, hidrógeno o redes inteligentes están captando talento joven con narrativas más atractivas y mejor posicionadas socialmente.

¿Falta de talento… o problema de relato?

 

Algunas voces del sector lanzan una pregunta incómoda:
¿realmente faltan personas o falta atractivo?

El empleo nuclear arrastra estigmas del pasado que no siempre reflejan la realidad actual. Mejorar el relato importa. Explicar que la nuclear es ingeniería avanzada, empleo estable y tecnología crítica para la descarbonización puede marcar diferencias.

Pero el relato, por sí solo, no basta.
Necesita ir acompañado de formación realista, carreras claras y una integración efectiva entre academia e industria.

El coste de no actuar

 

Si este cuello de botella no se aborda con decisión, las consecuencias son bastante previsibles: retrasos, sobrecostes, dependencia excesiva de recursos externos y pérdida de competitividad frente a otras tecnologías.

La energía nuclear puede jugar un papel relevante en el mix energético del futuro. Pero solo si hay personas capaces de sostenerla.

Los reactores no se diseñan solos.
Las centrales no se operan solas.
La seguridad no se improvisa.

La pregunta ya no es si habrá demanda de energía nuclear.
La pregunta es si habrá ingenieros suficientes, formados y a tiempo para responder a ella.

Y esa, nos guste o no, es una conversación que el sector tiene que empezar a liderar ya.

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